miércoles, 15 de junio de 2011

Manchas


De Edgar Alberto Pucheta Villegas

Un sobresalto me ataca, otra vez cerré los ojos y sentí que caía en un abismo. Como siempre, despierto para descubrirme tambaleante en mi vieja silla de madera. Descansa a un lado una Lettera 32, con atisbos de un escrito, palabras inconexas, ideas no muy claras. A la derecha, un vaso con licor barato acompañado de refresco de cola, sudando el hielo que ya no está, y junto, un cigarrillo sin filtro, que se ha consumido en la lata de cerveza que he tomado por cenicero. Esto me ocurre ya con frecuencia.
Siempre que pasa, despierto con las manchas en la ropa, a veces es el polvo del suelo, que se me ha pegado mientras me arrastro para sentarme a redactar, otras es la sucia mezcla de jugo de naranja y vodka, que llevaba noches abandonada en el vaso con que me accidento al pasar la mano sobre la mesa, buscando encender la lámpara de escritorio.
Se que tenia algo importante que escribir, se que el vaso con vodka no fue tan importante cuando lo deje sin beber. Ahora el vaso se ha vuelto importante y peleo a solas, me vocifero y lanzo improperios. ¿Cómo he sido tan imbécil de no recordar que lo deje ahí medio vacío? ¿Cómo puedo darle mayor importancia a una mancha más de mi camisa, que a lo que quiero escribir?
Pateo con rabia el vaso desechable tirado en el suelo, lo aplasto iracundo, me viene a la mente una canción de Silvio Rodríguez: “la rabia coño, paciencia, paciencia, la rabia es mi vocación”.
Me detengo y miro una botella en el quicio de la puerta, es ron, del más barato. Qué diablos, la debí dejar ahí mientras abría la puerta para no romperla, aún tiene un poco de liquido, lento veneno que entume mi cerebro.
He resuelto beber un poco de ese ron, con refresco de cola que hallé sin destapar en la repisa de la alacena ya casi vacía. El casi se debe a las cucarachas que la habitan en mi ausencia y se ocultan cuando me oyen.
Me falta algo y busco a tientas, la luz de la cocina no funciona, el filamento se fundió durante la tormenta de hace tres noches, en esa ocasión las manchas fueron del lodo que me salpicó ese taxi que casi me atropella.
Al fin recuerdo en qué dirección se encuentra el refrigerador. Mis pies dan pasos accidentados pero saben a dónde se dirigen. Por suerte tengo tres cubos de hielo sueltos en el congelador. Suficiente.
Bebo, enciendo un cigarro sin filtro, bebo, otro sorbo al cigarro, bebo y descanso el vaso en el escritorio mientras busco una vieja lata de cerveza, que últimamente me ha servido de cenicero. La encuentro al fin, descanso el cigarro en su improvisado cenicero y me dispongo a acomodarlo a la derecha del vaso, a la izquierda cabe perfecto la máquina de escribir, una vieja Olivetti, Lettera 32, la hoja con que la alimento esta increíblemente limpia, sin mancha alguna, y al parecer así se quedará por unos minutos más ya que no recuerdo que era eso tan importante que pensaba escribir.
Lo medito un rato y después me pierdo, me siento mareado, los ojos me pesan, la boca pastosa de tanto alcohol se abre y cierra en un ronquido que percibo, pero no me incomoda, hasta el punto en que dejo de escucharme y entonces si, estoy dormido, pero no lo se.
De repente me siento la cara, la toco con mis manos, no veo nada todo es una enorme sombra y sus fauces me tragan, y siento que caigo.
Y aquí estoy de nuevo recordándolo, como si hubiese pasado un mes. Tan sólo han sido treinta minutos, pero para mí han sido como días. Atino a aferrarme de la mesa, sin caer con todo y ella, tambaleante unos segundos, y de nuevo me descubro las manchas.
Lo recuerdo todo en cosa de minutos, paso a paso: y llego al punto en que estoy en la cantina y los escucho conversar. Hablan bajo, mi oído es curioso (debo admitirlo).
Tengo los nombres, las fechas pero aún no me sirven si no se quien lo dice. Se a que se refieren, el asunto fue un escándalo. Dudosa enfermedad y una herencia de por medio.
Caso trillado pero común, el que tiene dinero quiere siempre más. Ha sido la mujer con quien vivía, el profesaba una extraña afición por las armas, no tenía nada que ver con el diario de de sus hermanos, el tenia sus propios ingresos, tal vez su afición era su negocio, además de todos esos condominios, muchos bienes de por medio y una sola beneficiaria, se rumoraba que tenía cáncer y era fácil argumentar suicidio, sin nota póstuma para hacerlo más creíble. Demonios que buen plan, y que estúpido ese matón que contaba en un lugar público tan detalladamente a su compañero de copas, como su patrona dio el gran golpe y se hizo millonaria, la heredera.
Hay que reconocer que el tipo habló muy bajo, pero mi oído –ya lo he dicho - es muy agudo.
-Debo escribir sobre esto - digo en voz alta y me lo reprocho al instante.
Maldita sea, debo recordar no hablar lo que pienso.
El gorila voltea, me ve y aprieta su abdomen para descubrir que, efectivamente, trae con que asegurar mi silencio. Sonríe y empuña su furibunda compañera con boca de cañón. Contesto nervioso a su sonrisa levantando la copa, la termino sin prisa y me levanto como para ir al baño. Él no me sigue obviamente por la misma razón por la que yo volveré por otra copa después del baño en vez de huir, no queremos despertar sospechas. Quiero pensar que él no tomó a cuenta mi comentario como si hubiese yo escuchado completa y claramente su plática, él también quiere que lo piense y pide la cuenta preparado para retirarse.
El mesero me lleva una copa de whisky Etiqueta Negra, demasiado para mi bolsillo, lo corrijo y advierto que he pedido una ‘cuba’ de Añejo, el mesero se retira con la copa y vuelve con una botella de Añejo sellada y la misma copa de Etiqueta Negra ahora rebosando líquido y con algo de hielo.
-Se la invitó su amigo de al lado - me dice y cuando volteo, mi verdugo ocasional se ha marchado.
Luzco pálido, lo sé aún sin tener un espejo de frente, el mesero comprende entonces la cruel nobleza en el gesto de ese desconocido.
-Bueno ahí se lo dejo, total está pagado, por cierto si no es su amigo, cuídese al salir, lo va estar esperando.
Me apresuro con el ‘escocés’ y lo paso como agua, pido un refresco de cola, hielo y unos cacahuates enchilados para ‘botanear’, si me espera afuera deberá ser paciente.
Termino la botana y bebo dos copas del regalo mal intencionado. Levanto la botella y agarro valor, estoy pasado de alcohol pero aún coordino lo suficiente como para salvar mi pellejo.
Siempre estoy en líos por lo que digo o escribo, por eso no pierdo el trabajo a pesar de mi alcoholismo, dice mi editor.
-Un periodista que no tiene líos no será nunca conocido, si no eres conocido no vendes. Tú tienes problemas por la información que manejas y eso hace que mi periódico venda- argumenta el muy desfachatado.
Esta vez tendrá que vender la nota de mi muerte, a menos que algo se me ocurra, pero la idea no tarda en venir, llega suave, al mismo tiempo que doblo en la esquina contraria a donde debía doblar, y vierto un poco de ron sobre la cara de algún imbécil que, con los ojos irritados por el alcohol, dispara sin ver a donde.
Yo resbalo, pero me sostengo de su mano tirándolo con el peso de mi cuerpo, el otro no tiene arma y se acerca para darme una patada. Se equivoca y patea al compañero mientras yo corro, la botella no se rompió al caerme y la llevo guardando celosamente, el resquicio de ron que conserva en el fondo será el que me sirva estando en casa.
Ahora está más claro eso es lo que pensaba escribir. Las palabras me fluyen rápido y tengo la acusación. Como siempre, nota fuerte, carente de fundamentos, basada en un chisme de cantina, pero para mi amarillista editor, la nota es oro puro, y para mi improvisado y fallido ejecutor, será su tumba o el motivo de unos meses de cárcel.
Mi bebida suda en el vaso, el hielo que ya no está,  aún no amanece y alcanzo salir del sucio apartamento, para llevar la nota al periódico antes de que comiencen el tiraje del matutino.
De camino me compro un ‘six-pack’ de Modelo y me lo bebo en el trayecto, a mi editor le pareció buena la información y creo que me va a subir el sueldo si la nota genera que se reabran las investigaciones respecto del caso en particular.
Otra vez me viene el mareo, no encuentro mis llaves, creo que las dejé pegadas al salir, demasiado alcohol y poco alimento me provoca mis desmayos mezclados con sueño.
Llaves pegadas en la puerta abierta, no son buen augurio. Ya amanece y distingo una silueta en la silla desvencijada. ¿Me estaré volviendo paranoico?
Los ojos me pesan, me desplomo siento que caigo en un abismo oscuro y esta vez me está costando trabajo despertar, no estoy tambaleante en mi silla, estoy agonizante arrastrándome, y de nuevo manchas en mi ropa, creo que ahora es sangre. Alguien debió oír y llamar una ambulancia, o a la policía.
Si vivo voy a ser un periodista famoso, si no al menos ya no voy a despertar asustado y con una nueva mancha.

Por un cofre de oro


De Edgar Alberto Pucheta Villegas.

Don Diego Álvarez Núñez siempre llegó en segundo lugar a todo, fue el segundo de dos hermanos, era el segundo hombre más rico de España en 1486, y cuando su fortuna se acabó por ser el segundo en notar que lo estaban estafando –el primero en notarlo fue el que lo estafó-, fue el segundo hombre más pobre, ya que por orden alfabético, don Alberto Alba del Castillo, carpintero de oficio, le ganó el título de pobretón.
Y fue justo Don Alberto, quien al borde de la quiebra, le ofreció a don Diego compartir el hambre y las carencias de no tener oro suficiente para mantenerse.
Junto con el hijo de don Alberto, don Diego se convirtió en un excelente aprendiz de carpintero, y de nueva cuenta, fue el segundo aprendiz, ya que el hijo de su patrón le ganaba el puesto por lazos familiares.
Era el año de 1490 y fuertemente se rumoraba que un marino genovés, que decía poder encontrar una nueva ruta hacia las Indias, iba a ser auspiciado en su empresa por los reyes católicos. Don Diego al oír comentar esto –puesto que fue el segundo en enterarse- vislumbró en esta empresa un posible renacimiento de su gloria segundona, ahora con dinero de nuevo. Pero estaba tan absorto en sus pensamientos que justo cuando expondría su plan a su patrón, el primer aprendiz, es decir el hijo de don Alberto, se le adelantó y entonces fue el segundo en promover la idea, la cual definitivamente no se le ocurrió primero a él ya que joven Alberto le había ganado en la propuesta a su padre.
-Así que una ruta a las Indias sin rodear África es lo que propone este genovés- dijo don Alberto.
-Cierto es don Alberto, y con tres carabelas que los reyes le mandarán construir- concluyó el hombre con el que conversaba.
-¿Pero acaso no los reyes de Portugal ya le habían rechazado esa propuesta años atrás?
-Así es, pero este genovés ha sido tan insistente que ha planeado con tiempo como conseguir lo que quiere y les ha prometido a los reyes finas joyas, animales, esclavos y no se que más mentiras, si la Corona le sirve de mecenas en su viaje loco, en fin hasta la vista don Alberto- terminada la frase del extraño don Diego pensó que la idea no era tan loca y justo cuando pensaba comentarlo…
-Padre –dijo el joven Alberto- nosotros podríamos adelantarnos y con ello seríamos ricos de nuevo y no tendríamos que compartir nada a la Corona.
-¿Pero acaso estás loco hijo mío?
-No don Alberto -secundó (como siempre en segundo lugar), don Diego- considérelo, oro y gloria de nuevo.
Don Alberto lo pensó mucho, tanto que sus dudas no se disiparon sino hasta el 3 de agosto de 1492, cuando vio partir las tres carabelas del aventurero Cristóbal Colón, entonces si consideró posible organizar su propia expedición.
Fue el joven Alberto el que pidió audiencia con los reyes portugueses, a don Diego se le había ocurrido, pero Alberto ya estaba pidiendo la entrevista con la realeza, antes que él pudiera exponer su plan. Debido a los problemas que podía acarrear que la Corona Española se enterase de la suma traición de Don Alberto Alba del Castillo y sus aprendices, y ante el peligro de un conflicto real entre los reinos de Portugal y España, el asunto se llevó acabo sin testigos y sólo cinco personas supieron de la alocada empresa.
Pero de nuevo la suerte de don Diego remitió a todos a ser los segundos, ya que mientras don Alberto terminaba la embarcación, que construyó con dinero portugués, llegó la noticia. Era enero de 1493 y probablemente don Alberto y su corta tripulación (que aún no se hacía a la mar), fueron los segundos en enterarse que el 12 de octubre de 1492, según apuntaba la bitácora de navegación, Colón había tocado tierra.
No obstante, esto les mejoró el panorama ya que los reyes portugueses se vieron más interesados en el proyecto. Mucho se habló en los siguientes meses de las maravillas de las Indias, y el cartógrafo Bartolomé Colón, hermano de Cristóbal, el navegante, llegó a pensar que no era una ruta hacia las Indias lo que Cristóbal había descubierto. Pero fue otro cartógrafo, Américo Vespucio, quien más tarde dibujó el mapa de lo que sería el nuevo continente. Se sabía que a los “indios”, se les podía cambiar espejos por oro y don Diego, acarició la idea de hacer lo propio y convertirse en el cambiador de espejos por oro más grande de Europa.
Un 2 de febrero de 1493, zarpó la embarcación con don Alberto y su hijo, acompañados de una flota de experimentados marinos portugueses. La nao en la que viajaban, había sido construida por el carpintero hábilmente. En el primer viaje de los portugueses don Diego no viajó.
La primera expedición fue exitosa, la familia de don Alberto se fue a vivir a Portugal y don Diego con ellos. En cuanto a don Diego le tocó su parte del oro obtenido por el éxito del viaje, decidió embarcarse en segundo. La primera expedición sólo consiguió establecer una ruta distinta a la de Colón, pero la segunda estaba destinada a descubrir y conquistar nuevas tierras para Portugal.
La segunda expedición –con unos años de retraso- , a cargo de don Pedro Álvares Cabral (si con “s” porque era portugués), llevaba a don Diego como segundo ayudante del segundo alférez, y su labor era llevarle la bandera al segundo alférez, para que se la llevara al alférez titular y a su vez, éste la izara. Para el año de 1500, la expedición de Álvares Cabral tocó tierra en lo que hoy lleva el nombre de Bahía y en la segunda semana de su llegada, un grupo de hombres, el segundo grupo en descender de la nao, se perdió en medio de la selva.
En ese grupo iba don Diego, quien protegiendo el oro que la tripulación había saqueado en islas menores antes de llegar a Bahía (y sin saber la procedencia del mismo), se internó en la selva espesa, tres semanas después de su desaparición, una tropa lo encontró y lo fusiló. La causa fue la más simple y absurda, por primera vez, don Diego fue el primero en algo.
Contó al ser encontrado, cómo en la selva, nativos arahuacos, tupíes, tapuyas y caribes fueron matando uno a uno a los que junto con él se perdieron, pero a él lo dejaron vivo con la finalidad tal vez de aprender el idioma y usarlo de intérprete. Durante ese tiempo, en medio de una tribu de caribes, don Diego protegió el cofre del oro, pero no resistió la tentación, y apenas aprendió unas palabras de la lengua nativa, hizo lo suyo, les ofreció cambiar espejos por oro. Milagrosamente para el inseguro don Diego, el trueque se hizo sin la menor resistencia y antes de que su suerte pudiera cambiar, el español se hizo a la fuga con el cofre ahora completamente lleno. Cuando lo encontraron contó esta historia. Tras abrir el cofre y comunicarle a don Pedro Álvares Cabral lo sucedido, los soldados portugueses siguieron la orden de su capitán de expedición y fusilaron en medio de la selva al infortunado don Diego, no sin antes fusilar a un nativo que habían apresado, para probar que los mosquetes funcionaran bien, de este modo, don Diego fue el segundo hombre en ser fusilado en tierras brasileñas, pero fue el primero, si, el primero, que cambió a los nativos, todo el oro del cofre, por espejos de obsidiana.